Este año reflexionamos sobre las violencias a las mujeres a través del estremecedor caso Pelicot en Francia, del aterrador silencio impuesto por ley a las mujeres afganas y del políticamente próximo caso Errejón.
Y creemos que, más que nunca, es imprescindible recordar que los agresores y opresores no están solo agazapados en los callejones y que, a menudo, son nuestros hombres más queridos quienes nos violentan: padres, novios, amigos, compañeros, maridos, hijos, hermanos, tíos y hasta abuelos. Por eso, recordamos también a tantas mujeres anónimas que son víctimas de violencia y la necesidad de romper el silencio cómplice de su entorno.
Nos encontramos de nuevo teniendo que explicar que las mujeres no denunciamos cuando queremos, sino cuando podemos. Que a veces nos cuesta tomar conciencia de que lo sufrido es una agresión, porque llevamos siglos de normalización de las violencias y nos avergüenza más a nosotras ser víctimas, que a ellos victimarios.
El silencio y la condescendencia con el machismo son cómplices y aliento de los agresores.
Los que minimizan las denuncias diciendo ‘eso no es una agresión, es ser torpe en la seducción’, ¿qué es lo que están normalizando?
Los que ponen en duda los testimonios de las mujeres haciendo comentarios sobre su moral o su comportamiento social, ¿qué están normalizando?
Quienes no están sacando cada día en primera plana de los medios el silencio impuesto a todas las mujeres de un país, ¿qué están normalizando?
¿Podéis siquiera imaginar un gobierno de mujeres que legislase el silencio de sus hombres? Nosotras, no.
Así, reivindicamos un año más la necesidad de un feminismo fuerte y unido frente a las violencias machistas.
Porque, lejos de haberse alcanzado ya la igualdad entre mujeres y hombres, como algunas voces pretenden, estamos siendo testigos de un retroceso global de los derechos de las mujeres, en paralelo al avance de las políticas reaccionarias y retrógradas en todo el mundo, incluyendo la Unión Europea.
Ese avance es el que sostiene la normalización de todas las violencias.
Trabajemos unidas contra el machismo estructural. Hagamos, como nos enseña la valiente Giselle, que la vergüenza cambie de bando.