Lo que todos sabemos de cierto sobre la Central Nuclear de Garoña es que es la más antigua del estado español (inaugurada en 1971) y que es la hermana gemela de la tristemente famosa Central de Fukushima.
También tenemos constancia de diferentes paradas no programadas en la central en los últimos años, con el fin de reparar o subsanar algunos fallos en el funcionamiento. Pero es aquí donde comienzan las diferentes versiones de los hechos.
Si atendemos a los comunicados de Nuclenor dichas paradas parecen puestas a punto casi rutinarias. Si leemos los informes elaborados por Greenpeace y Ecologistas en Acción han sido accidentes serios que muestran el desgaste estructural que sufre la Central.
Los comunicados neutros de Nuclenor y del Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) con esa coletilla de que “las paradas no programadas no han supuesto riesgo para los trabajadores, la población, ni el medio ambiente” serían tranquilizadores si no fuera porque vienen precedidos de la denuncia de las asociaciones ecologistas, es decir, que la intención inicial de la empresa era ocultar estas paradas no programadas al público.
Nos vemos así leyendo textos como el siguiente, aparecido en El Correo el 10 de mayo de 2009: “el pasado 1 de abril durante las maniobras de arrancada, se produjo una explosión y posterior incendio en el transformador eléctrico anejo a la central, que se mantuvo en secreto hasta la denuncia pública de Greenpeace y Ecologistas en Acción, alertados por los vecinos de la central”.
El mes de abril de 2009 Garoña acumuló cuatro denuncias de fallos en el funcionamiento por parte de las organizaciones ecologistas. Uno de ellos era calificado de muy grave, por suponer un aumento de liberación de radioactividad al circuito primario y, por tanto, un incremento de los niveles de radiactividad emitidos al medio ambiente exterior. Este fallo de seguridad se debió a que la tapa de la vasija del reactor, que es el verdadero corazón de la central, está agrietada. Consta que ya lo estaba cuando hubo un accidente similar el 11 de diciembre de 2006. Mientras Greenpeace lo denunciaba y los medios de comunicación se hacían eco bajo el titular, “Garoña, a mitad de potencia por lo que parece ser una fuga en el combustible nuclear”, ni en la web de Nuclenor, ni en la del CSN apareció mención de este incidente.
Solo en 2009, Garoña tuvo nueve paradas no programadas, todas justificadas como normales por la empresa y el Consejo de Seguridad Nuclear. En 2010 se reconocieron tres paradas más.
En el verano de 2011, los problemas de refrigeración de la central han provocado una contaminación térmica del río Ebro que se ha transmitido incluso aguas arriba de la propia central, llegando a afectar al embalse de Sobrón. Nuclenor niega nuevamente estos hechos, aunque existe un informe del Ministerio de Medio Ambiente con fecha 1 de julio de 2009, en el que ya se alertaba de los problemas de refrigeración de Garoña y se consideraba previsible el empeoramiento de la situación a corto y medio plazo.
En julio de 2009 caducó el permiso de explotación de Garoña. ¿Por qué se optó por prorrogar su actividad? ¿Por qué el Consejo de Seguridad Nuclear ha elaborado un informe favorable?
A todos nos encantaría pensar que dicha prórroga se debe a la puesta a punto de la Central y que esta puesta a punto garantiza que ya no volverán a originarse fallos, fugas radioactivas, ni se producirán más calentamientos térmicos en el río Ebro. Lamentablemente, la realidad es que el agrietamiento por corrosión de la tapa de la vasija del reactor es irreversible y el sistema de refrigeración obsoleto y que el único motivo para mantener abierta la central más antigua y pequeña del estado, una central que, comparada con una central moderna, ya ni siquiera aprovecha el combustible nuclear, es económico: ya está amortizada, por lo que produce una electricidad muy barata que es pagada por los consumidores al triple de su precio. Sin embargo, sólo supone alrededor de un 1% de la potencia instalada.
Para justificar esta decisión impopular se ha hecho circular innumerables bulos con los que confundir a la opinión pública. En mayo de 2009, después del aciago mes de abril, con cuatro paradas no programadas, Greenpeace denunciaba que “fuentes del sector energético no identificadas” pretendían hacer creer a los ciudadanos que el cierre de Garoña supondría un aumento del precio de la electricidad en un 10%, cuando las energías renovables ya aportaban desde 2007 el doble de la aportación energética de la Central de Garoña y ya había cuatro centrales paradas (Almaraz-2, Vandellòs, Ascó-1 y Ascó-2), sin que ello produjera ningún efecto en la red eléctrica ni en los precios de la electricidad.
Por otra parte, se empezó a hablar de la energía nuclear como de una energía especialmente limpia comparada con otras, y esta idea venía ampliamente argumentada por los datos aportados por algunos científicos, en concreto con los porcentajes de emisiones de CO2. Sería innegable, si no fuera por el pequeño detalle de los residuos casi indestructibles y mortíferos que genera y la contaminación brutal que se origina en caso de accidente o, como ha quedado demostrado trágicamente en Japón, ante una catástrofe natural que derrumbe su sistema de seguridad.
Para las asociaciones ecologistas, no hay ningún motivo económico, ni energético, ni medioambiental, ni social al que el Gobierno pueda agarrarse para incumplir su compromiso de cerrar la central nuclear de Garoña, a la que califican de obsoleta y peligrosa.
Para Nuclenor y el CSN no hay razones para cerrarla. Y no son los únicos en defender esta postura. El 1 de marzo de 2011 el PP declaraba en Noticias de Álava que las plantas españolas tienen una vida útil que podría rondar los 60 años. Si nos tomamos en serio esta afirmación, a Garoña le quedarían aún 20 años de funcionamiento “óptimo”. A este paso, la esperanza de vida de la Central de Garoña va a ser muy superior a la de todos los que vivimos alrededor.
Es alarmante, pero sucede continuamente que los poderes económicos adoptan decisiones en función de intereses y beneficios, y regatean con la contaminación como si fuera una cuestión mercantil y no una cuestión de supervivencia. La decepcionante Cumbre de Copenhague fue buen ejemplo de ello. Garoña, desgraciadamente, es otro.
Fotos: Jon Díez Fotografía y Juan Lupión (Flickr)